La mutación de la fe

La mutación de la fe

Esa figura, rezar, la han desprestigiado los profesionales de la religión, pero era una figura bella, un acto complicado y candoroso, una música, un cante jondo. Un asomarse al exterior. Al exterior de todo.

Da exactamente igual declararse ateo que creyente. Esos antropomorfismos resultan siempre petulantes. Mientras exista un ser humano con conciencia seguirá habiendo asombro metafísico y, en consecuencia, algún tipo de religión o arte. La religión tiene que ver con el Atman, el Self, el Vacío, aquello a lo que ni uno mismo tiene acceso. Intimum cordis, decía San Agustín. Eso —llámese como se quiera— con lo que el ser humano puede establecer una alianza. Es el invento judío más original y decisivo: la idea de la alianza, la insólita vivencia de que se puede “confiar” en un Dios.

Ninguno de los pueblos de la Antigüedad confió en sus dioses. Ni los griegos, ni los sirios, ni los egipcios. Los romanos pensaban que los dioses eran caprichosos y vengativos (léase a Lucrecio). En el mejor de los casos, eran dioses indiferentes a la suerte del mundo y de los humanos, dioses con los que hubiese sido inútil —además de imposible— establecer una alianza. Por contraste, el Dios de los judíos —aunque estaba un poco loco— era bueno y justo y, al menos en teoría, fiable. He aquí la fe. Una fe que no es experiencia sino, más bien, una especie de respuesta existencial frente a una situación límite: la exigencia de que este mundo tenga algún sentido. Esta poderosa innovación religiosa de los judíos, un pueblo insignificante y de aparición tardía en la historia, es la que explica su inmensa y posterior influencia en la civilización occidental. En este terreno, el cristianismo innovó poco o nada. Solo cambió los dogmas.

En Occidente, el mismo cristianismo se hace “fluctuante”, y la mayoría de los antiguos creyentes tienen hoy convicciones religiosas “difusas” y, muy a menudo, eclécticas. Más que en Dios, la gente cree en “algo”, a veces una “energía”. El objetivo ya no es la felicidad en el “más allá”, sino la dicha “aquí abajo”, en lo cual ha influido el espectacular aumento de la esperanza de vida. Cuando las gentes vivían, a lo sumo, treinta años, el “más allá” era muy importante; hoy, con una esperanza de vida de ochenta años, lo que cuenta es la salud del cuerpo aquí y ahora. Así se explica la frecuente unión entre espiritualidad y psicoterapia. El auge del yoga, el tai chi, la meditación, la psicología transpersonal, etcétera. Por otra parte, las gentes todavía piden magia, ceremonias para los ritos de paso, liturgias que no sean demasiado comprensibles —al contrario de lo preconizado por el Concilio Vaticano II—. Es la exigencia retroprogresiva: magia y racionalidad, misterio e individualismo. Abundan los llamados “cristianos sin Iglesia” que, sin embargo, “rezan” o “meditan”. Cada cual lee la doctrina a su manera o se apunta a religiones alternativas. Existe una subcultura de la “curación espiritual”. En fin, existen mil maneras de conciliar el individualismo propio de una sociedad secularizada con la necesidad de bienestar psico-físico-espiritual.

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