El enemigo es absolutizar
El enemigo es la Iglesia y sus verdades eternas (Voltaire: écrasez l’infâme), el islam, el monoteísmo, el Partido Único, los valores absolutos, el culto al Uno. (Incluso el hinduismo politeísta y tolerante, cuando se vuelve fanático y fundamentalista —como ocurre en algunos lugares de la India—, reduce el panteón de los dioses a uno solo: Rama). El caso es que, cuando uno comienza a absolutizar, entra en el camino de los desvaríos: la Patria, la Revolución, la Historia, la Verdad, el Partido. En cuanto comienzan las palabras con mayúscula, comienzan los crímenes.
Lo que más importa son las actitudes antropológicas. Se puede defender el pacifismo con enorme violencia. Se puede ser católico fanático y católico pluralista. No es ser católico lo malo, sino serlo de manera fundamentalista. Por contra, puede haber supuestos defensores de la democracia con un talante autoritario e intransigente. Todas las combinaciones son posibles.
En alguna parte hay que apoyar los pies. La cuestión es hacerlo con conciencia, lo cual impide ciertos aspavientos. Y hace indispensables los buenos modales, que son el arte —formal— de tenerse en pie sin absolutos. Es repugnante, por ejemplo, la manera en que se practica hoy el parlamentarismo en España: sin humor, sin finura, siempre con cara de perro, reconvirtiendo a los adversarios en enemigos.
Lo que yo defiendo es el pluralismo abierto al diálogo, el pluralismo que asume unos ciertos “mínimos” de consenso, como pueden ser los derechos humanos o, en la convivencia política, la Constitución. El pluralismo no es sino la convivencia de animales que asumen, a la vez, su finitud y un cierto lenguaje común. Y, con el lenguaje común, unos ciertos valores compartidos. Compartidos y provisionales.
Pluralismo es andar por la vida sin absolutos. ¿Y cómo andar por la vida sin absolutos? Paradójicamente, eso es lo que uno llama “mística”: la apertura infinita de la finitud. Porque solo la finitud plenamente asumida se abre a todo. La actitud de base ha de ser el “abandono creativo”. El que absolutiza algo nunca se abandona: siempre está rígido. El que no absolutiza nada vive en el tao. Flota, fluye.