Horizonte de arpillera
Desde que presentí mi redondez bajo la tierra, supe que no había nacido para permanecer allí. No era una certeza formulable, sino una intuición silenciosa, una grieta mínima en el pensamiento. Mi madre —la planta— me hablaba mientras las raíces sostenían el mundo:
—Tienes la piel lisa; no todas nacen así. Algo bueno te espera.
Yo no sabía qué significaba “bueno”. Bajo tierra no existían la comparación ni la luz. El tiempo era un sedimento lento, una repetición sin sobresaltos. La vida allí abajo resultaba estable, previsible, casi amable. Demasiado amable.
Algunas de mis hermanas aceptaban ese orden sin preguntas. El resto, en cambio, vivíamos inquietas, presas de una forma de hambre que no tenía que ver con la nutrición, sino con el presentimiento de que aquella calma no era sino la antesala de un destino incierto.
Entonces llegaron ellos.
El suelo vibró como si algo antiguo hubiera decidido romper el pacto. Un ruido metálico desgarró la quietud y la tierra dejó de ser refugio. Eran enormes. Torpes. Venían acompañados de una máquina que avanzaba sin mirar, arrancándolo todo con la misma indiferencia. Nos apretamos unas contra otras, intentando desaparecer en el fondo del suelo. Fue inútil. Una a una, mis hermanas fueron extraídas y desaparecieron.
—¡Nos están secuestrando! —gritó alguien.
—¡Es el fin! —susurró otra.
Yo intenté mantener la calma, pero cuando la máquina se inclinó hacia mí, sentí un templeque que ni las hojas de un árbol en pleno vendaval. Después, el tirón brusco sacudiéndome por completo, el aire por primera vez y la caída en un saco cerrado, un horizonte de arpillera.
—No pienses que esto es el final —me dijo una voz vieja y arrugada—. Es solo un traslado de forma.
El saco se movió durante horas o días —no lo sé—. Cada golpe era una renuncia: a la tierra, a la forma conocida del tiempo. El aire, denso y seco, olía a sudor y a despedida. Pensé en mi madre y en cómo sus raíces nos daban alimento. Ella sabía que su “yo individual” era limitado, pero su capacidad de convertirse en entrega le conectaba con el resto de la existencia.
Cuando el saco, por fin, se abrió, la luz no fue amable: fue exacta. El aire estaba cargado de voces, de frutas abiertas y de manos que elegían. El mercado no era un lugar: era un juicio continuo. Unas manos me tomaron. Me giraron. Me pesaron.
—Esta sirve —dijo alguien.
No “es bonita”. No “es especial”. Sirve. Y esa utilidad me hizo sentir orgullo, como si mi existencia cobrara por fin un peso real en el mundo.
El trayecto final fue breve. Una cocina. Un plato frío. Desde allí vi la olla, el vapor que ascendía como una oración y el cuchillo esperando con su brillo de plata. Todo estaba dispuesto. No hubo sorpresa. Solo claridad.
De pronto, sobrevino una calma nueva, una paz que no era sino la alineación perfecta con el orden de las cosas. Se disipó el temor. Recordé que había salido al mundo, que había sido escogida. Mi misión, posiblemente, era disolverme en algo que otros compartirían.
Así que, con una dignidad serena, me preparé para mi última misión: porque si vas a ser una patata, el acto más poético que puedes realizar es convertirte en una buena tortilla.