El alma de los peces

El alma de los peces

Jean Kigel

En el distrito de Setagaya, donde los cerezos tiñen las calles de rosa en primavera y las estaciones marcan con precisión el ritmo de la vida, Ayumi se prepara para su primera clase de arte en la escuela. Apenas tiene ocho años, pero ya en su interior arde un deseo indefinible, una inquietud parecida a la nostalgia por algo que todavía no ha sucedido.

Con sumo cuidado, extrae de su mochila un trozo de plástico con la forma de un besugo. Lo coloca frente a ella con la solemnidad de quien deposita una reliquia. Luego, saca sus pinceles, una esponja, un frasco de tinta china y un juego de acuarelas. Sus compañeros han traído distintos peces: carpas, peces globo, hasta una tortuga de caparazón reluciente. Pero Ayumi sonríe. Sabe que su besugo, el Madai, es especial. Es el pescado de los días señalados, el que solo se sirve en las ocasiones más importantes.

—Desde tiempos antiguos —explica la maestra Natsuki con voz serena—, los pescadores han creído que cada pez tiene un alma. Para conservarla, en Japón creamos la técnica del Gyotaku.

Los niños escuchan en silencio. Natsuki despliega un papel de arroz sobre la mesa y continúa:

—Los pescadores usan esta técnica para capturar la esencia de sus mejores piezas. Pero para lograrlo se requiere paciencia y respeto. Primero, cubriremos el pez con una fina capa de tinta. Luego, retiraremos el exceso con una esponja y presionaremos suavemente el papel sobre él. Cuando lo retiremos, su imagen permanecerá impresa, como si aún nadara en el agua.

Los alumnos se ponen manos a la obra. Ayumi mezcla sus colores con dedicación: cyan y amarillo para obtener un verde profundo, un tono que recuerda las aguas donde su besugo alguna vez nadó. Su pincel avanza con la seguridad de quien sigue una memoria antigua, más vieja que sus propias manos.

Cuando aplica la tinta sobre el cuerpo del Madai, algo extraño ocurre: Ayumi cree percibir un leve estremecimiento, como si el pez respirara. Parpadea. Tal vez es solo su imaginación. Aun así, su corazón late un poco más rápido.

Coloca el papel de arroz sobre el besugo y presiona con cuidado. Sus dedos recorren la superficie, siguiendo las escamas, los pliegues de la aleta, la curva del ojo inmóvil. Por un instante, el aula desaparece. En su mente surge un océano silencioso, verde y profundo, donde un pez rojo nada sin miedo entre corrientes de luz.

—Ayumi —susurra la maestra—, ya puedes levantar el papel.

Ella lo hace.

La imagen del Madai aparece impresa con una precisión casi viva. Pero hay algo más: en el centro del ojo, una pequeña mancha clara, como un reflejo. No estaba en el molde de plástico. Ayumi siente que ese punto la observa.

De pronto lo comprende.

El pez no es solo un pez.

Es un recuerdo.

Un fragmento de algo que una vez estuvo vivo y que ahora, gracias a sus manos, ha encontrado otra forma de existir.

Ayumi sonríe. Por primera vez, ese deseo indefinible dentro de su pecho se vuelve un poco más claro. No quiere solo pintar. Quiere guardar el alma de las cosas antes de que desaparezcan.

Fuera del aula, los cerezos dejan caer sus pétalos sobre el asfalto, como peces rosados descendiendo en un mar de aire. Y mientras el mundo sigue girando con su ritmo perfecto, una niña de ocho años acaba de aprender que el arte no imita la vida: la recuerda.

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