Esto no es poesía
Decir “esto no es poesía” no es una negación.
Es una manera de apartar la palabra del adorno y devolverla a su función primera.
Ese fragmento nace de un lugar donde escribir no es un ejercicio estético. Es una brújula, un pulso, una tentativa de no perderse del todo cuando la vida empuja hacia los márgenes.
Hablar de océanos, de venas, de orillas, es hablar del cuerpo. De lo que se revuelve, sangra, se desnuda, persiste. La escritura es como una corriente que atraviesa: no cura, pero acompaña; o salva, pero mantiene a flote.
La imagen del “golpe de Estado” contra la muerte no es grandilocuente: es íntima. Es la rebelión mínima que se produce cada vez que alguien escribe en lugar de rendirse al silencio.
Asimismo, esta poesía nos pide que “abramos el corazón para sostener el cielo”. Sin embargo, no habla de amor romántico. Habla de presencia. De ese gesto radical de permitir que otro —una persona, una palabra, una vida— ocupe espacio dentro de nosotros.
Y eso —solo eso— ya es suficiente.