Algún día no tendré tiempo de escribir
No será porque se me hayan acabado las palabras, sino porque la vida habrá aprendido a reclamarme sin márgenes. Ese día no llegará con estruendo. Vendrá como llegan las cosas importantes: sin avisar, ocupando el espacio que antes pertenecía al silencio.
Escribir siempre ha sido una forma de negociar con el tiempo. Un modo de decirle: espera, todavía no. Mientras escribo, el mundo se mantiene a raya, como si aceptara ese pacto tácito de aplazamiento. No es huida, aunque lo parezca. Es resistencia.
Algún día no tendré tiempo de escribir y lo notaré en los detalles: en la prisa con la que me ate los zapatos, en la forma descuidada de escuchar a los otros, en esa costumbre de dejar frases a medio pensar. Tal vez entonces comprenda que escribir no era un lujo ni una vocación romántica, sino una forma de estar despierta. De no pasar por la vida como quien atraviesa una habitación a oscuras.
He escrito para entender lo que me ocurre, pero también para no entenderlo todo. Para dejar zonas intactas, grietas por donde siga entrando el asombro. La escritura no ordena tanto como se cree: a veces desordena con método, quita certezas, mueve los muebles de lugar. Y en ese movimiento hay algo profundamente vivo.
Cuando no tenga tiempo de escribir, quizá recuerde que hubo días en los que bastaba una frase para sostenerlo todo. Una línea trazada a mano alzada, un verso torpe, una imagen todavía sin significado. Escribir era entonces una forma de cuidar: del lenguaje, de la memoria, del mundo.
No escribo porque tenga algo importante que decir. Escribo porque, si no lo hago, la vida se vuelve demasiado literal. Porque necesito un lugar donde las cosas no sean exactamente lo que parecen, donde el dolor no se archive, donde la alegría no se justifique. Un lugar donde la palabra pueda equivocarse.
Algún día no tendré tiempo de escribir y quizá ese día llegue cuando lo escrito haya cumplido su función secreta: enseñarme a mirar, a escuchar, a permanecer. Hasta entonces, sigo aquí, robándole minutos al reloj, confiando en que cada texto es una forma humilde de aplazar el final.
Escribo mientras puedo. Escribo porque todavía hay tiempo.