Latencia
Imagen de Alexander Yakovlev
Hay cansancios que no piden descanso, sino desaparición. No dramatizan. Se conforman con un bar cualquiera, una mesa pegajosa y una máquina de tabaco que funcione. La urgencia de morir suele ser más modesta de lo que parece. A veces basta con bajar el volumen.
Los olvidos también tienen acompañamiento. Canciones repetidas en la radio, por ejemplo: estribillos largos que ayudan a convertir el pensamiento en ruido. La nostalgia no grita; destila. Sabe a whisky bebido a solas y a conversaciones que ya no conducen a nada. El cansancio, como el sueño, siempre llega después.
El amor no. El amor suele llegar antes de que haya razones para sostenerlo. Y, aun así, existen cuerpos que caminan juntos y se besan por costumbre, con la torpeza de quien mastica cartón mojado. Una coreografía que se repite sin convicción.
Separarse suele ser más fácil cuando uno se promete reencuentros imposibles. Esa ficción permite seguir avanzando por inercia, sostener el movimiento mientras quedan fuerzas. Hasta que la realidad se impone. Entonces no hay relato que aguante. Solo lo que es, cuando deja de aplazarse.
De joven, una imagina que la adultez traerá hábitos correctos: comidas ordenadas, decisiones coherentes, una vida más o menos higiénica. Luego llega el día en que se baja a la calle con el estómago vacío y el pelo revuelto. No hay disculpas. O, mejor dicho, alguien más debería ofrecerlas. Tal vez el tiempo. Tal vez unas expectativas que nadie firmó, pero todos heredamos.
Y, sin embargo, con la urgencia instalada en los huesos, la vida funciona. Funciona lo que ocurre afuera, los cigarros, lo que fuimos. También lo que no volverá, ni siquiera para discutir un poco más. Funciona porque empuja, porque mantiene en pie, porque obliga a seguir cuando todo parece perdido. Pero eso no es felicidad. Es logística.